Viniendo de mi pueblo hacia mi pueblo, para una misión humanitaria, he estado escuchando en la radio una tertulia, en la que se trataba de este escabroso tema (que al menos por el momento, no voy a desarrollar, siento desilusionarte, pero no me encuentro capacitado).
Además de que no han dicho absolutamente nada decente en una hora, la protagonista absoluta era Uxue Barcos, la diputada absoluta de izquierdas por Navarra, por dos aspectos: por lo maleducada que era, interrumpiendo a todo el mundo, para imponer su punto de vista (que prefiero no calificar, es el suyo y punto) y por utilizar su absurdo sentido de las proporciones para justificar sus opiniones. Y lo triste es que, ni hacía puñetero caso de los reproches de los educados, y que convencía por la aparente convicción de sus palabras, que suenan, ¡cómo no! a libertad, progresismo, mundo idílico...
Repito: era un debate entre políticos, que se las dan de saber todo, además, ser los que más entienden de cualquier tema que salte a la palestra, y los que defienden los derechos básicos inalienables de alguien, maestros del victimismo; y los que de verdad entienden algo, los que tienen que luchar a diario con el problema, para desgracia de todos, se quedan en segundo plano.
Y no puede ser. Aquellos que no quieran ser políticos sufrirán su peor castigo: serán gobernados y regidos, cuando no succionados en la yugular y en la cartera, por aquellos que sí lo sean.
También han hablado de la crisis y de unos cuantos temas más, pero querido lector, en todos se ha repetido la misma tónica, como si todos ellos fuesen un fractal. Un diálogo de sordos, que repiten tópicos o palabras de otros, y que se limitan a intentar convencer de que la suya es la verdad absoluta. Por cualquier medio.
Cualquier día me afilio a un partido... (¡uy! ¡uy! ¡UY!, esto merece una entrada aparte)